Estos dos sitios cuentan historias totalmente diferentes. El Coliseo es crudo, visceral y antiguo, y te transporta entre la multitud romana que veía luchar a los gladiadores hace 2.000 años. El Vaticano te deja boquiabierto de una forma totalmente diferente: el techo de Miguel Ángel, las estancias de Rafael, la plaza de San Pedro. Por separado, cada uno es extraordinario. Juntos, son la razón por la que la gente viaja a Roma.












